| Apuntes
sobre anarquismo Noam Chomsky |
| Noam Chomsky, 1970 Publicado en For Reasons of State (1973) Un escritor francés, simpatizante anarquista, escribió en la década de 1890 que "el anarquismo se mueve dentro de un espectro muy amplio: al igual que el papel, lo aguanta todo", incluso -indicó- cosas que "un enemigo mortal del anarquismo no habría podido hacer mejor".1 Ha habido muchas líneas de pensamiento y actuación que han sido calificadas de "anarquistas". Sería vano tratar de encuadrar todas esas divergentes tendencias en el marco de una ideología o teoría general. E incluso si procediéramos a extraer a partir de la historia del pensamiento libertario una tradición viva, en evolución, tal como hace Daniel Guérin en Anarchisme, sigue siendo difícil formular sus doctrinas en la forma de una concreta y específica teoría de la sociedad y de los cambios sociales. El historiador anarquista Rudolf Rocker, que nos presenta una concepción sistemática del desarrollo del pensamiento anarquista hacia el anarcosindicalismo, siguiendo una orientación semejante a la de la obra de Guérin, pone las cosas en su sitio cuando dice que el anarquismo no es
Uno podría preguntarse qué interés puede tener estudiar "una tendencia clara en el desarrollo histórico de la humanidad" que no da lugar a una específica y pormenorizada teoría social. En efecto, muchos comentaristas desdeñan el anarquismo por utópico, informe, primitivo o, en todo caso, incompatible con las realidades de una sociedad compleja. Sin embargo, podría argumentarse de manera muy diferente: aduciendo que en cada estadio de la historia hemos de preocuparnos por erradicar aquellas formas de autoridad y opresión que han sobrevivido a su época y que, si bien entonces pudieron haber tenido una justificación por motivos de seguridad, supervivencia o desarrollo económico, ahora acrecientan más que alivian la penuria material y cultural. De ser así, no existirá ninguna doctrina del cambio social fija, válida para el presente y el futuro; ni siquiera, como no podría ser de otro modo, una idea concreta e inalterable de las metas hacia las que los cambios sociales deberían tender. Sin duda, nuestra comprensión de la naturaleza del hombre o de la gama de formas viables de sociedad es tan rudimentaria que cualquier doctrina con pretensiones de dar razón de todo ha de observarse con gran escepticismo, el mismo que debemos aplicar cuando oímos que "la naturaleza humana" o "imperativos de eficacia" o "la complejidad de la vida moderna" exigen esta o aquella forma de opresión y un mando autocrático. No obstante, en cada época concreta hay sobradas razones para desarrollar, en la medida en que nuestro entendimiento lo permita, una específica realización, acorde a los retos del momento, de esa tendencia clara del desarrollo histórico de la humanidad. Para Rocker, "el reto que se le presenta a nuestra época es la liberación del hombre de la condena de la explotación económica y la esclavización política y social"; y el método no es ni la conquista del Estado y el ejercicio de su poder, ni el entontecedor parlamentarismo, sino que, por el contrario, consiste en "reconstruir la vida económica de los pueblos desde la base, edificándola en el espíritu del socialismo."
En cuanto socialista, Rocker daría por hecho "que la auténtica, final y completa liberación de los trabajadores sólo es posible bajo una condición: la apropiación del capital, esto es, de las materias primas y de las herramientas de trabajo, incluida la tierra, por el conjunto de los trabajadores"3En cuanto anarcosindicalista, insiste además en que, en el periodo prerrevolucionario, las organizaciones de los trabajadores crean "no sólo las ideas, sino también los hechos del futuro", encarnando ellos mismos la estructura de la sociedad futura, y aguarda esperanzado la revolución social que acabará con el aparato del Estado y expropiará a los expropiadores. "Lo que ponemos en lugar del gobierno es la organización industrial."
Rocker escribía eso en el emocionante momento en el que tales ideas habían sido llevadas a la práctica en la Revolución Española. Justo antes del estallido de la revolución, el economista anarcosindicalista Diego Abad de Santillán había escrito:
Engels, en una carta escrita en 1883, expresaba su desacuerdo con esta idea del modo siguiente:
Por contra, los anarquistas -y con particular elocuencia, Bakunin- adviertieron del peligro de la "burocracia roja", que se mostraría como "la mentira más vil y terrible que ha sido urdida en nuestro siglo." 6 El anarcosindicalista Fernand Pelloutier se preguntaba: "¿Acaso el Estado transitorio al que hemos de someternos ha de ser necesaria y fatalmente una cárcel colectivista? ¿No puede consistir en una organización libre, limitada exclusivamente por las necesidades de la producción y el consumo, desaparecidas ya todas las instituciones políticas?"7 No pretendo yo conocer la respuesta a esta pregunta. Pero parece claro que, a menos que de alguna manera la respuesta sea afirmativa, las oportunidades para una revolución verderamente democrática no son muchas. Martin Buber expuso el problema de forma sucinta cuando escribió: "Nadie puede razonablemente esperar que un arbolillo, una vez transformado en un palo de golf, continúe echando hojas."8 La cuestión de la conquista o destrucción del poder del Estado era para Bakunin el asunto primordial que le separaba de Marx.9 De una u otra forma, desde entonces el problema ha surgido repetidas veces a lo largo del siglo, dividiendo a los socialistas en "libertarios" y "autoritarios". Pese a las advertencias de Bakunin en relación a la burocracia roja, y su cumplimiento bajo la dictadura de Stalin, obviamente cometeríamos un burdo error si interpretáramos los debates de hace un siglo como si tuvieran su origen en las reivindicaciones de los actuales movimientos sociales. Concretamente, es una perversidad observar el bolchevismo como "marxismo en la práctica". Por el contrario, mucho más atinada es la crítica izquierdista al bolchevismo que toma en consideración las cicunstancias históricas que rodearon la Revolución Rusa.10
Si tratáramos de buscar una sola idea rectora dentro de la tradición anarquista, la hallaríamos, a mi juicio, en lo expresado por Bakunin cuando, refiriéndose a la Comuna de París, se identificó a sí mismo como sigue:
Estas ideas tienen su origen en la Ilustración; sus raíces se encuentran en el Discurso acerca de la desigualdad de Rousseau, en las Ideas para un intento de determinar los límites de la acción del Estado de Humboldt, en la insistencia de Kant, al defender la Revolución Francesa, en que la libertad es condición previa para adquirir madurez en relación a la libertad, y no un regalo que se obtiene una vez se ha alcanzado dicha madurez. Con el desarrollo del capitalismo industrial, ese nuevo e imprevisto sistema de injusticia, es el socialismo libertario el que ha preservado y difundido el mensaje humanista radical de la Ilustración y las ideas liberales clásicas, luego pervertidas para servir de sustento a una idelogía destinada a mantener el orden social emergente. En realidad, partiendo de los mismos supuestos que llevaron al liberalismo clásico a oponerse a la intervención del Estado en la vida social, las relaciones sociales capitalistas son igualmente intolerables. Esto se ve con toda claridad, por ejemplo, en la clásica obra de Humboldt Ideas para un intento de determinar los límites de la acción del Estado, precursora de Mill, al que quizá sirvió de inspiración. Esta obra clásica del pensamiento liberal, concluida en 1792, es en su esencia, aunque de forma prematura, profundamente anticapitalista. Sus ideas hubieron de ser suavizadas, hasta volverse prácticamente irreconocibles, a fin de transmutarlas en una ideología del capitalismo industrial. La visión de Humboldt de una sociedad en la que las ataduras sociales son sustituidas por vínculos sociales y el trabajo es asumido libremente, nos recuerda al joven Marx y sus reflexiones acerca de la "alienación del trabajo cuando éste es externo al trabajador (...) no es parte de su naturaleza (...) [de tal modo que] no se realiza en su trabajo, sino que se niega a sí mismo (...) se agota físicamente y se degrada mentalmente", trabajo alienado que "a unos trabajadores los hace regresar a un tipo de trabajo bárbaro y a otros los convierte en máquinas", despojando al hombre de algo "característico de su especie" como es "la actividad consciente y libre" y la "vida productiva". Igualmente, Marx concibe "una nueva clase de ser humano que necesita de sus congéneres". [La asociación de los trabajadores viene a ser] "el esfuerzo real y constructivo de crear el tejido social de las futuras relaciones humanas."13 No puede negarse que el pensamiento liberal clásico, como consecuencia de premisas de hondo calado acerca de la necesidad humana de libertad, diversidad y libre asociación, se opone a la intervención del Estado en la vida social. Bajo esas mismas premisas, las relaciones de producción capitalistas, el trabajo asalariado, la competitividad, la ideología del "individualismo posesivo", etc., han de observarse como fundamentalmente inhumanas. El socialismo libertario ha de ser considerado con toda propiedad el heredero de las ideas liberales de la Ilustración. Rudolf Rocker describe el anarquismo moderno como "la confluencia de las dos grandes corrientes que durante y desde la Revolución Francesa han encontrado expresión muy característica en la vida intelectual de Europa: socialismo y liberalismo". Los ideales liberales clásicos, afirma Rocker, se fueron a pique bajo el peso de la realidad de las formas de la economía capitalista. El anarquismo es necesariamente anticapitalista ya que "rechaza la explotación del hombre por el hombre". Pero el anarquismo también rechaza "la dominación del hombre sobre el hombre". Insiste en que "el socialismo será libre o no será de ninguna manera. En reconocer esto estriba la genuina y profunda justificación para la existencia del anarquismo."14 Desde este punto de vista, puede decirse que el anarquismo es la rama libertaria del socialismo. Ésta es la perspectiva de Daniel Guérin al abordar el estudio del anarquismo en Anarchisme y en otras obras.15 Guérin cita a Adolf Fischer, que decía que "todo anarquista es socialista, pero no todo socialista es necesariamente anarquista." Del mismo modo, Bakunin, en su "manifiesto anarquista" de 1865, el programa de su proyectada fraternidad revolucionaria internacional, sentó el principio de que todo miembro debe ser, en primer lugar, socialista. Un marxista consecuente ha de oponerse a la propiedad privada de los medios de producción y a la esclavitud salarial, propias de este sistema, como incompatibles con el principio de que el trabajo debe asumirse libremente y permanecer bajo el control del productor. Como Marx explica, los socialistas persiguen una sociedad en la que el trabajo sea "no sólo un medio de vida, sino también la mayor necesidad vital"16, algo imposible cuando el trabajador está dirigido por una autoridad externa o precisa algo más que su propio impulso: "ninguna forma de trabajo asalariado, aun cuando haya alguna menos odiosa que otra, puede acabar con la miseria del trabajo asalariado mismo."17 Un anarquista consecuente se opondrá no sólo al trabajo alienado sino también a la embrutecedora especialización del trabajo que tiene lugar cuando los medios para desarrollar la producción
Marx no pensó que esto fuera algo inevitablemente unido a la industrialización, sino una característica de las relaciones capitalistas de producción. La sociedad del futuro debe ocuparse de "reemplazar el trabajador especializado de hoy (...) reducido a un mero fragmento de ser humano, por el individuo completamente desarrollado, apto para una diversidad de trabajos (...), para el cual las diferentes funciones sociales (...) no son sino diversas maneras de dar rienda suelta a sus propias capacidades naturales."19 Para ello, es requisito previo la abolición de las categorías sociales de capital y trabajo asalariado (por no hablar de los ejércitos industriales de los "Estados obreros" o de las diversas formas de totalitarismo desde la aparición del capitalismo). La reducción del hombre a un apéndice de la máquina, una herramienta especializada de la producción, podría en principio superarse, en vez de agravarse, mediante un adecuado desarrollo y uso de la tecnología, pero no bajo las condiciones de un control autocrático de la producción por parte de aquellos que hacen del hombre un instrumento al servicio de sus fines particulares, prescindiendo -por utilizar la expresión de Humboldt- de los objetivos individuales de éste. Los anarcosindicalistas aspiraban a crear, incluso dentro del capitalismo- "asociaciones libres de productores libres" que se implicaran en la lucha militante y se prepararan para asumir la organización de la producción sobre bases democráticas. Estas asociaciones servirían de "escuela práctica de anarquismo".20 Si la propiedad privada de los medios de producción no es más que, utilizando la frase de Proudhon tantas veces citada, una forma de "robo" -"la explotación del débil por el fuerte"21-, el control de la producción por una burocracia estatal, por buenas que sean sus intenciones, tampoco crea las condiciones para que el trabajo -manual e intelectual- pueda convertirse en la mayor necesidad vital. Por consiguiente, ambas deben ser superadas. En su ataque contra el derecho al control privado o burocrático de los medios de producción, el anarquista se coloca junto a aquellos que luchan por alcanzar "la tercera y última fase emancipatoria de la historia": la primera hizo de los esclavos siervos, la segunda hizo de los siervos gente que gana un salario, la tercera abole el proletariado en un acto último de liberación que pone el control de la economía en manos de asociaciones libres y voluntarias de productores (Fourier, 1848).22 El peligro inminente para la "civilización" fue advertido, también en 1848, por Tocqueville:
Los trabajadores de París, en 1871, rompieron el silencio y procedieron a
La Comuna, por supuesto, fue ahogada en un baño de sangre. La verdadera naturaleza de la "civilización" que los trabajadores de París trataron de superar con su ataque contra "los fundamentos mismos de la propia sociedad" se mostró, una vez más, cuando las tropas del gobierno de Versalles reconquistaron París arrebatándoselo al pueblo. Como Marx escribió, con tanta amargura como acierto:
Pese a la violenta destrucción de la Comuna, Bakunin escribió que París abría una nueva época, "la de la definitiva y completa emancipación de las masas populares y su futura auténtica solidaridad por encima y a pesar de las ataduras del Estado." "La próxima revolución, internacionalmente solidaria, será la resurrección de París", una revolución que el mundo todavía espera. Así pues, el anarquista consecuente debe ser socialista, pero socialista de una clase particular. No sólo se opondrá al trabajo alienado y especializado y aspirará a la apropiación del capital por parte del conjunto de los trabajadores, sino que insistirá, además, en que dicha apropiación sea directa y no ejercida por una élite que actúe en nombre del proletariado. Se opondrá, en suma, a
Estas observaciones están tomadas de "Cinco tesis acerca de la lucha de clases", del marxista Anton Pannekoek, uno de los teóricos más destacados del movimiento por un comunismo organizado mediante consejos obreros (council communist movement). Y es que, de hecho, el marxismo radical se funde con las corrientes anarquistas. A modo de ilustración adicional, consideremos la siguiente caracterización del "socialismo revolucionario":
Pero lo más importante es que estas ideas han sido ya llevadas a la práctica en la acción revolucionaria espontánea; por ejemplo, en Alemania e Italia tras la Primera Guerra Mundial, y en España -no sólo en el campo, sino también en la Barcelona industrial- en 1936. Bien podría decirse que alguna suerte de comunismo organizado mediante consejos obreros (council communism) es la forma natural del socialismo revolucionario en una sociedad industrial. Ahí se plasma la certeza intuitiva de que la democracia se encuentra muy limitada cuando el sistema industrial está controlado por alguna forma de élite autocrática, ya se trate de los propietarios, los directivos y tecnócratas, un partido de "vanguardia" o una burocracia estatal. Bajo esas condiciones de dominación autoritaria, los ideales libertarios clásicos, desarrollados luego por Marx, Bakunin y otros auténticos revolucionarios, no pueden hacerse realidad: el hombre no será libre para desarrollar al máximo todas sus potencialidades, y el productor seguirá siendo "un fragmento de ser humano", un ser degradado, una herramienta de un proceso productivo dirigido desde arriba. La expresión "acción revolucionaria espontánea" puede llevar a confusión. Al menos los anarcosindicalistas toman buena nota de la observación de Bakunin de que las organizaciones de los trabajadores deben crear en el período prerrevolucionario" no sólo las ideas, sino también los hechos del futuro". Los logros de la revolución popular, en España en particular, se basaron en un paciente trabajo de años de organización y educación, elementos de una larga tradición de compromiso y militancia. Las resoluciones de los Congresos de Madrid, en junio de 1931, y Zaragoza, en mayo de 1936, prefiguraron de diversas maneras los actos de la revolución, tal y como sucedió también con las ideas, algo diferentes, esbozadas por Abad de Santillán (V. nota 4) en su puntual descripción de la organización social y económica que habría de instaurar la revolución. Guérin escribe que "La Revolución Española había alcanzado cierta madurez tanto en las mentes de los pensadores libertarios como en la conciencia popular." Y cuando, con el golpe de Franco, la agitación de comienzos de 1936 llevó al estallido de la revolución social, las organizaciones de los trabajadores contaban ya con la estructura, la experiencia y la conciencia para emprender la tarea de la reconstrucción social. En su introducción a una recopilación de documentos acerca de la colectivización en España, el anarquista Augustin Souchy escribe:
Todo esto se halla tras los logros espontáneos y la obra constructiva de la Revolución Española. Las ideas del socialismo libertario, en el sentido descrito, han quedado arrinconadas en las sociedades industriales del pasado medio siglo. Las ideologías dominantes han sido el socialismo de Estado o el capitalismo de Estado (éste de carácter cada vez más militarizado en los Estados Unidos, por razones fáciles de ver).27Pero el interés por el anarquismo se ha reavivado en estos últimos años. Las tesis de Anton Pannekoek que he citado están tomadas de un panfleto reciente de un grupo de trabajadores radicales franceses (Informations Correspondance Ouvrière). Las observaciones de William Paul en torno al socialismo revolucionario fueron citadas por Walter Kendall en un discurso pronunciado en el Congreso Nacional sobre Control Obrero, en Sheffield, Inglaterra, en marzo de 1969. En Inglaterra, el movimiento que lucha por el control obrero ha ido adquiriendo una fuerza significativa en los últimos años. Ha organizado varios congresos, ha producido una considerable cantidad de panfletos y cuenta con el apoyo activo de algunos de los sindicatos más importantes. La Amalgamated Engineering and Foundryworkers' Union, por ejemplo, ha adoptado como política oficial el programa de nacionalización de las industrias básicas "bajo el control de los trabajadores en todos los niveles".28 En el continente ha habido progresos similares. Mayo del 68, por descontado, aceleró en Alemania y en Francia el creciente interés por el comunismo organizado mediante consejos obreros y por ideas que siguen esa misma línea, tal y como sucedió en Inglaterra. Dado el carácter extremadamente conservador de nuestra muy ideologizada sociedad, no sorprende demasiado que los Estados Unidos hayan quedado relativamente al margen de esa evolución. Pero también eso puede cambiar. La erosión de la mitología que rodeaba a la guerra fría permite al menos suscitar la discusión sobre estas cuestiones en círculos bastante amplios. Si conseguiéramos refrenar la actual ola de represión, si la izquierda fuera capaz de superar sus tendencias suicidas y construir sobre lo que se ha conseguido en la década pasada, entonces el problema de cómo organizar la sociedad sobre bases verdaderamente democráticas, con un control democrático en el lugar de trabajo y en la comunidad, se convertiría en el principal tema de reflexión para todos aquellos que son sensibles a los problemas de la sociedad contemporánea, y, en la medida en que se fuera desarrollando un movimiento de masas en favor del socialismo libertario, la reflexión habría de ceder el paso a la acción. En su manifiesto de 1865, Bakunin predijo que un elemento de la revolución social sería "esa inteligente y verdaderamente noble parte de la juventud que, pese a pertenecer por nacimiento a las clases privilegiadas, es llevada por sus generosas convicciones y ardientes anhelos a hacer suya la causa del pueblo". Quizás en el surgimiento del movimiento estudiantil de los 60 pueda observarse algún paso hacia el cumplimiento de esta profecía. Daniel Guérin ha emprendido lo que él ha descrito como un "proceso de rehabilitación del anarquismo". Argumenta -convincentemente, a mi juicio- que "las enriquecedoras ideas del anarquismo mantienen su vitalidad y que, examinadas y tamizadas, podrían ser de gran utilidad para que el pensamiento socialista contemporáneo tomara un nuevo rumbo... [y] para contribuir a enriquecer el marxismo."29 De ese "amplio espectro" del anarquismo él ha seleccionado para examinarlas más atentamente aquellas ideas y acciones que pueden calificarse de socialistas libertarias. Es lo natural y apropiado. Dentro de ese marco se encuadran los más importantes portavoces del anarquismo así como los movimientos populares que han estado inspirados por sentimientos e ideales anarquistas. Guérin se ocupa no sólo del pensamiento anarquista, sino también de las acciones espontáneas de la lucha revolucionaria popular. Se ocupa tanto de la creatividad social como de la intelectual. Además, a partir de las realizaciones constructivas del pasado trata de extraer lecciones que enriquezcan la teoría de la liberación social. Para aquellos que desean no sólo comprender el mundo sino también cambiarlo, ésta es la forma apropiada de abordar el estudio de la historia del anarquismo. Guérin describe el anarquismo del siglo XIX como eminentemente doctrinal, mientras que el siglo XX, para los anarquistas, ha sido una época de "práctica revolucionaria".30En Anarchisme refleja esta opinión. Arthur Rosenberg apuntó en una ocasión que las revoluciones populares se caracterizan por tratar de sustituir "una autoridad feudal o centralizada que gobierna por la fuerza" por alguna suerte de sistema comunal que "implique la destrucción y desaparición de la vieja forma de Estado". Dicho sistema será o bien socialista, o bien "una forma extrema de democracia... [la cual es] condición previa para el socialismo, por cuanto el socialismo sólo puede hacerse realidad en un mundo en el que el individuo goce de la máxima libertad posible". Este ideal, observa, era común a Marx y a los anarquistas.31 Esta lucha natural por la liberación va en sentido opuesto a la predominante tendencia de la vida política y económica hacia la centralización. Hace un siglo Marx escribió que los trabajadores de París "comprendieron que no había más alternativa que la Comuna o el imperio, fuera cual fuera el nombre bajo el que éste reapareciese".
El miserable Segundo Imperio "era la única forma de gobierno posible en una época en que la burguesía ya había sido derrotada y la clase trabajadora aún no había adquirido capacidad para gobernar la nación". No resultaría
muy difícil parafrasear estas observaciones para
adecuarlas a los sistemas imperiales de 1970. El problema
de la "liberación del hombre de la condena de la
explotación económica y la esclavización política y
social" es también hoy el problema de nuestro
tiempo. Y mientras así sea, las doctrinas y la práctica
revolucionaria del socialismo libertario nos servirán de
inspiración y guía. NotesEste ensayo es una versión revisada de la introducción a Anarquismo. De la teoría a la práctica, de Daniel Guérin. Una versión algo diferente fue publicada en la New York Review of Books, 21 de mayo, 1970.1 Octave Mirbeau, citado en James Joll, The Anarchists, pp. 145-6. 2 Rudolf Rocker, Anarchosyndicalism, p. 31. 3 Citado por Rocker, ibid., p. 77. Esta cita y la de la frase siguiente son de M. Bakunin, "El programa de la Alianza", en Sam Dolgoff, ed. y trad., Bakunin on Anarchy, p. 255. 4 Diego Abad de Santillan, After the Revolution, p. 86. [El texto que presentamos aquí es una traducción de la previa traducción inglesa ahí reseñada, pues no hemos sido capaces de encontrar ninguna edición original. (N. del T.)] En el último capítulo, escrito varios meses después del comienzo de la revolución, expresa su disgusto por lo poco que se había conseguido hasta el momento. Acerca de los logros de la revolución social en España véase mi American Power and the New Mandarins, cap. 1, y las referencias ahí citadas; el importante estudio de Broué y Témime ha sido entretanto traducido al inglés. Desde entonces han sido publicados algunos otros estudios importantes, en particular: Frank Mintz, L'Autogestion dans l'Espagne révolutionaire(Paris: Editions Bélibaste, 1971); César M. Lorenzo, Les Anarchistes espagnols et le pouvoir, 1868-1969 (Paris: Editions du Seuil, 1969); Gaston Leval, Espagne libertaire, 1936-1939: L'Oeuvre constructive de la Révolution espagnole (Paris: Editions du Cercle, 1971). Véase también Vernon Richards, Lessons of the Spanish Revolution,edición ampliada de 1972. 5 Citado por Robert C. Tucker, The Marxian Revolutionary Idea, al ocuparse del tema marxismo y anarquismo. 6 Bakunin, en una carta a Herzen y Ogareff, 1866. Citado por Daniel Guérin, Jeunesse du socialisme libertaire, p. 119. 7 Fernand Pelloutier, citado en Joll, Anarchistes. La fuente es "L'Anarchisme et les syndicats ouvriers," Les Temps nouveaux, 1895. El texto íntegro aparece en Daniel Guérin, ed., Ni Dieu, ni Maître,una excelente antología histórica del anarquismo. 8 Martin Buber, Paths in Utopia, p. 127. 9 "Ningún Estado, ya sea democrático," escribió Bakunin, "ni siquiera la república más roja podrá nunca proporcionar al pueblo lo que éste realmente quiere, es decir, la libre autoorganización y administración de sus propios asuntos, de abajo hacia arriba, sin interferencias o violencias provenientes de arriba. Pues todo Estado, incluso el Estado pseudopopular inventado por el Sr. Marx, no es en esencia más que una maquinaria para que las masas sean gobernadas desde arriba por una minoría privilegiada de intelectuales presuntuosos que creen saber mejor que el propio pueblo lo que el pueblo necesita y desea..." "Pero el pueblo no se sentirá mejor por que la vara con que se le golpea lleve el rótulo de 'vara del pueblo'." (Statism and Anarchy [1873], en Dolgoff, Bakunin on Anarchy, p. 338). La "vara del pueblo" es ahí la república democrática. Marx, por supuesto, veía las cosas de manera diferente. Para un examen más profundo del impacto de la Comuna de París en esta disputa, véanse los comentarios de Daniel Guérin en Ni Dieu, ni Maître; estos aparecen también, de manera algo más extensa, en su Pour un marxisme libertaire. Véase tambien la nota 24. 10 Acerca de la "desviación intelectual" de Lenin hacia la izquierda durante 1917, véase Robert Vincent Daniels, "The State and Revolution: a Case Study in the Genesis and Transformation of Communist Ideology," American Slavic and East European Review, vol. 12, no. 1 (1953). 11Paul Mattick, Marx and Keynes, p. 295. 12Michael Bakunin, "La Commune de Paris et la notion de l'état," reeditado en Guérin, Ni Dieu, ni Maître. La observación final de Bakunin acerca de las leyes de la naturaleza individual como condición de la libertad son comparables al pensamiento creativo desarrollado por las tradiciones racionalista y romántica. Véase mi Cartesian Linguistics and Language and Mind. 13Shlomo
Avineri, The Social and Political Thought of Karl
Marx, p. 142, refiriéndose a algunos comentarios que
aparecen en La Sagrada Familia. Avineri
sostiene que dentro del movimiento socialista sólo el kibbutzim
israelí "se ha dado cuenta de que las formas y
maneras de la organización social actual determinarán
la estructura de la sociedad futura." De todos
modos, tal y como se ha apuntado más arriba, ésta es
una tesis típica del anarcosindicalismo. |